Morena vuelve a mirar Guadalajara con optimismo. La pregunta es qué está viendo.
En 2024, el partido tenía casi todo. Andrés Manuel López Obrador gobernaba México. Claudia Sheinbaum encabezaba una movilización que terminaría en casi 36 millones de votos. Morena reunió cinco partidos para conquistar la ciudad.
Aun así, sin los votos de sus cuatro aliados, quedó doce puntos y medio debajo de Vero. Verde, PT, Hagamos y Futuro cerraron la distancia. Cinco contra uno tampoco alcanzó.
Dos años después, el contexto cambió. López Obrador ya no gobierna. La elección irrepetible de la primera presidenta ya ocurrió. Hagamos y Futuro ni siquiera conservaron su registro local.
Morena sigue siendo fuerte a nivel nacional. Claudia Sheinbaum mantiene una aprobación alta. Pero ahora el movimiento carga el costo de gobernar.
Sinaloa aparece como su expresión más grave. La crisis de seguridad ha obligado incluso a figuras del movimiento a reconocer el riesgo de voto de castigo. En otras entidades, sus gobiernos ya no enfrentan la expectativa de lo prometido, sino el juicio de lo realizado.
Enfrente permanece la misma mujer. En 2024 pidió la oportunidad de gobernar Guadalajara. Hoy es la presidenta municipal y lleva dos años construyendo una relación cotidiana con la ciudad.
Una medición reciente de Mitofsky colocó a Pablo Lemus por encima de Claudia Sheinbaum en aprobación entre los jaliscienses. El dato no ocurre con ningún otro gobernador del país.
Por eso, la confianza de Morena luce distinta. No necesariamente equivocada. Pero sí más costosa.
La ciudad ya mostró que puede separar su decisión municipal de la corriente nacional. Y eso importa más que una encuesta favorable.
Para Morena, Guadalajara no parece una plaza lista para repartirse. Parece una ciudad que ya conoce el precio de la promesa y también el de gobernar.