La economía argentina puede quedar del lado equivocado de un umbral. O puede atravesarlo y cambiar de régimen, según el documento citado.
El trabajo de Javier Milei y Demian Reidel, «Minimum Viable Scale: Extinction and Escape under Increasing Returns», plantea que existen trayectorias de declive y de despegue. La diferencia estaría en los rendimientos crecientes y en la escala mínima viable.
La idea central es simple. Más capital puede volver más rentable la siguiente inversión. Eso abre un círculo virtuoso. Más escala. Más productividad. Más rentabilidad. Más inversión.
El texto lleva esa lógica a sectores como petróleo, minería, tecnología y agroindustria. También menciona a Vaca Muerta como ejemplo de ese mecanismo. Más producción justifica oleoductos. Los oleoductos permiten más producción. Las exportaciones generan divisas.
En ese marco, el RIGI aparece como una herramienta para proyectos con gran inversión inicial. El régimen ofrece beneficios tributarios, cambiarios y aduaneros, además de estabilidad por décadas. En 2025, dice el documento, se convirtió en uno de los principales instrumentos del Gobierno para atraer grandes inversiones.
El texto también cita proyecciones oficiales y del FMI. El Presupuesto 2027 del Gobierno proyecta un crecimiento real del 4% para ese año, después de un 3% previsto para 2026. El FMI proyecta 3,5% para 2026 y 4% para 2027.
La lectura de fondo es clara. Sin escala, la Argentina queda atrapada en una economía chica y frágil. Con inversión, reglas estables y menos trabas, puede abrir una senda distinta. Ahí se juega el costo del estancamiento y el valor de la libertad para invertir.
También se juega algo más básico. El país necesita dejar de castigar al capital productivo con incertidumbre y burocracia. Si el aparato estatal baja el pulgar a la inversión, la escala no llega. Y sin escala, no hay despegue.