SERBIA (Pulso) — El presidente de Serbia, Aleksandar Vucic, visitó este miércoles Kiev en la primera visita oficial de un jefe de estado serbio a la capital ucraniana en más de diez años. Se reunió con Volodímir Zelenski y participó en la cumbre Sudeste de Europa-Ucrania.
Vucic ya había estado en territorio ucraniano el año pasado. Entonces participó en una reunión similar celebrada en Odesa. Esta vez, sin embargo, viajó oficialmente a la capital.
Belgrado anunció un incremento de la asistencia financiera, médica y energética a Ucrania. Además, Serbia colaborará en la reconstrucción de una localidad ucraniana aún no identificada públicamente. Desde febrero de 2022, Serbia ha destinado alrededor de 60 millones de euros en ayuda no militar y no letal.
Vucic reconoció que la cooperación en reconstrucción «no había avanzado al ritmo esperado». «Haremos todo lo posible para obtener los mejores resultados para el pueblo ucraniano en esa ciudad», declaró ante periodistas serbios.
Sin embargo, Serbia rechazó firmar la declaración final de la cumbre. El documento insta a mantener el respaldo político, financiero, militar y de seguridad a Ucrania e intensificar la presión internacional sobre Rusia. Belgrado tampoco se ha sumado a las sanciones de Estados Unidos y la Unión Europea contra Moscú.
La dependencia energética explica en parte esa postura. Rusia es el mayor proveedor de gas natural de Serbia. La petrolera NIS, una de las principales empresas del país, está controlada mayoritariamente por Gazprom Neft y Gazprom.
Moscú ha acusado a Belgrado, según la fuente, de permitir que municiones serbias lleguen a Ucrania a través de terceros. El gobierno serbio rechaza esas acusaciones y sostiene que nunca suministró armamento directamente a Kiev.
Pulso Global observa: Belgrado practica un equilibrismo costoso. Aspira a la Unión Europea, condena la violación territorial en la ONU y envía ayuda humanitaria; pero protege su cordón energético con Moscú y rehúye toda presión formal sobre el Kremlin. Ese doble juego tiene límites: los socios europeos exigen coherencia, no solo declaraciones de intención.


