Gianni Infantino dirige la FIFA desde hace diez años. El presidente Donald Trump lo describe como «el rey del fútbol», según la fuente.
Llegó al cargo con la institución en crisis. Los escándalos de corrupción habían hundido a su antecesor. El déficit alcanzó los US$550 millones tras la retirada de patrocinadores.
«Trabajaré incansablemente para que el fútbol vuelva a la FIFA y la FIFA vuelva al fútbol», declaró Infantino al asumir el cargo, según el documento.
Durante este Mundial, las críticas no han faltado. Las pausas de hidratación generaron polémica. Muchos las señalan como excusa para vender más publicidad. Los precios de las entradas también encendieron a la hinchada internacional.
El episodio más ruidoso: la retirada de una tarjeta roja a un delantero de Estados Unidos. Según la fuente, se produjo tras una llamada telefónica del propio Trump. La FIFA no ha desmentido la versión.
Pese a las controversias, Infantino logró reformar y expandir la competición a lo largo de la década. La institución que recibió en déficit opera hoy bajo su control consolidado.
Lectura de Pulso Global. El caso Infantino ilustra una tensión clásica: un gestor que sanea las finanzas de una organización quebrada, pero que acumula poder sin contrapesos claros. El déficit de US$550 millones era un dato real; también lo es la llamada que revirtió una decisión arbitral. Cuando el dinero de los patrocinadores y la influencia política convergen en una sola figura, la pregunta no es si hay controversia. La pregunta es quién la audita.


