ESPAÑA (Pulso) — Pedro Sánchez y el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, llegaron este viernes a Ceuta. Los esperaba un numeroso grupo de manifestantes.
Gritos de «dimisión», «fuera», «traidor» y «sinvergüenza» marcaron la visita de principio a fin. Un operativo policial mantuvo separados a los manifestantes de la comitiva oficial.
Sánchez aterrizó poco después de las 11 de la mañana. Se trasladó primero a la frontera del Tarajal. Luego llegó al Palacio de la Asamblea, donde se reunió con el presidente ceutí Juan Jesús Vivas y responsables de seguridad. Permaneció cerca de tres horas en la ciudad.
Las protestas se repitieron a su salida. Entre los manifestantes participaron dirigentes de Vox por Ceuta, según la fuente.
El balance más reciente registra al menos 41 inmigrantes fallecidos durante intentos de cruce. La presión migratoria desde Marruecos se disparó en los últimos días con la llegada masiva de personas.
En una breve declaración institucional, Sánchez calificó los cruces como una «violación de la integridad territorial de España». Responsabilizó a las mafias de tráfico de personas. Anunció que Grande-Marlaska permanecerá varios días en Ceuta para coordinar el operativo.
Lectura de la casa. La escena en Ceuta revela un coste político y humano concreto. Cuarenta y un muertos son el saldo de una frontera sin control efectivo. El aparato estatal llegó tarde y con declaraciones; los ceutíes respondieron con abucheos. Cuando el Estado falla en su función más básica —defender el territorio y ordenar los flujos migratorios— no hay comunicado institucional que tape la realidad. La soberanía no se declama: se ejerce.

