ARGENTINA (Pulso) — Confirmado. El vínculo entre el Reino Unido y la gestión de Milei atraviesa un momento de máxima tensión.
La escalada se disparó por la decisión del Gobierno de llevar al arbitraje del tribunal internacional de la Convención sobre el Derecho del Mar su denuncia contra Sea Lion, el conglomerado británico-israelí que ya explota petróleo en las islas.
Desde Londres, la subsecretaria parlamentaria de Estado para los Territorios de Ultramar, Uma Kumaran, dijo que la iniciativa argentina intenta «socavar la prosperidad y la seguridad económica de un pueblo con autogobierno».
Kumaran también sostuvo que el pueblo de las islas «ha elegido libre y democráticamente su futuro» y que tiene derecho a gestionar sus recursos naturales «sin intimidación, coacción o interferencia de terceros». Además, dijo que el gobierno británico respondió a la protesta argentina convocando a la embajadora argentina en Londres, Mariana Plaza.
En Buenos Aires, Quirno contestó por comunicado. Afirmó que «la confiabilidad se mide por la fidelidad a los compromisos asumidos». También dijo que la Argentina actúa en conformidad con un tratado y con el principio de solución pacífica de controversias.
El canciller reiteró la disposición oficial a reanudar negociaciones bilaterales sobre Malvinas. También criticó la «manipulación» del principio de libre determinación de los pueblos que atribuye al Reino Unido.
La crisis contrasta con el clima de meses previos. La fuente señala que el Reino Unido había llegado a reconocer negociaciones para un tratado de libre comercio con el Mercosur o incluso un acuerdo bilateral.
También recuerda que la relación comercial había crecido hasta mitad de año. Y que el Gobierno avanzó en gestiones que terminaron con la no objeción británica a la compra de 24 aviones caza F16 a Dinamarca.
Pero el giro es claro. Malvinas volvió a chocar contra la diplomacia y contra la agenda económica. Cuando la soberanía entra en conflicto con el comercio, la señal para la libre empresa y la inversión se vuelve más incierta.
La Argentina necesita reglas claras y una estrategia exterior previsible. La confrontación permanente encarece acuerdos, enfría negocios y deja al país otra vez atado a la burocracia política del conflicto.

