El plan falló. Gianni Infantino no logró crear FIFA Forward Enterprise ni vender el 20% de la propiedad de la Copa del Mundo a inversores privados.
Según documentación publicada por The Times, la estructura contemplaba un salario cercano a 64 millones de dólares anuales para Infantino, más bonificaciones. Hoy percibe cerca de 4,8 millones como presidente de la FIFA.
Infantino había declarado públicamente que no obtendría beneficios económicos personales. Los documentos apuntan en sentido contrario, según el periódico británico.
La propuesta requería mayoría de las 211 asociaciones. Las federaciones que la respaldaran recibirían cerca de 40 millones de dólares. Las que se opusieran, cerca de 10 millones.
La UEFA lidera la oposición. La Concacaf y la AFC se sumaron a las críticas. La Conmebol y la CAF adoptaron posiciones intermedias. Ninguna confederación respaldó abiertamente al suizo-italiano.
Actuales patrocinadores de la FIFA también expresaron reparos. Su preocupación: la incorporación de inversores privados en los activos comerciales del organismo.
The Times sostiene además que varias decisiones del Mundial 2026 fueron presentadas ante potenciales inversores como estrategia comercial. Entre ellas: la reversión de la tarjeta roja al delantero Folarin Balogun tras una conversación entre Infantino y el presidente Donald Trump; las pausas de rehidratación de tres minutos por tiempo, presentadas como espacio publicitario; el espectáculo musical en el entretiempo de la final; y los precios dinámicos de entradas.
Infantino también habría buscado un cargo directivo en la empresa al terminar su mandato en la FIFA, con injerencia futura y salario garantizado.
Lectura editorial. Lo que emerge no es solo una disputa de gobernanza deportiva. Es la historia de un aparato burocrático que intentó privatizar un bien colectivo para beneficio de su máximo funcionario, mientras declaraba lo contrario. La caída del proyecto no refleja virtud institucional: refleja que las confederaciones calcularon sus propios intereses. El contribuyente y el aficionado, ausentes del debate, pagaron la cuenta de años de expansión sin control del modelo FIFA.


