ARGENTINA (Pulso) — En menos de un mes habrá elecciones en Brasil, Estados Unidos e Israel. Los tres procesos pueden impactar de lleno en la política exterior del gobierno libertario.
Javier Milei ratificó su estrategia geopolítica en la Asamblea General de la ONU. También reivindicó su cercanía con Donald Trump y Benjamin Netanyahu. En una entrevista con Bloomberg, los definió como «los dos grandes héroes de la humanidad en este momento».
Brasil votará el 4 de octubre. Si no hay sorpresa, habrá segunda vuelta el 25 de octubre. Las encuestas muestran un duelo abierto entre Luiz Inácio Lula da Silva y Flavio Bolsonaro. AtlasIntel/Bloomberg midió 47,2% para Bolsonaro y 46,8% para Lula en balotaje. En primera vuelta, Lula figura con 44,1% y Bolsonaro con 41,7%.
Para Argentina, Brasil sigue siendo el principal socio comercial. El intercambio bilateral supera los 20.000 millones de dólares anuales. La relación política entre Milei y Lula está degradada a nivel de encargado de negocios. El gobierno de Brasilia retiró embajadores tras los cruces públicos entre Milei, Lula y Alexandre de Moraes.
Llenderrozas dijo que una victoria de Bolsonaro puede facilitar la normalización con Argentina. También advirtió que la continuidad de Lula haría más costoso el diálogo diplomático. Sobre Washington, señaló presiones de «sanciones políticas, aranceles unilaterales y coacciones de todo tipo».
Israel irá a las urnas el 27 de octubre. Será la primera elección tras el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023. Se ponen en juego los 120 escaños del Knéset. Las encuestas ubican primero a Yashar, con Gadi Eisenkot, y segundo al Likud de Netanyahu.
La elección también toca intereses argentinos. Milei anunció el traslado de la embajada de Tel Aviv a Jerusalén. También abrió vuelos directos entre ambos países.
La lectura para la Casa Rosada es clara. Milei apostó capital político a una red de aliados externos. Si gana alguno de sus socios, gana margen diplomático. Si no, la cuenta la paga la Argentina, con menos previsibilidad y más costo político.
En esa apuesta queda expuesta una verdad incómoda. La política exterior no vive de gestos, sino de poder real. Cuando el liderazgo se ata demasiado a figuras externas, el margen de maniobra del Estado argentino se achica.


