BRASIL (Pulso) — SAN BERNARDO DEL CAMPO.– El Sindicato de Metalúrgicos del ABC sigue siendo una pieza central del relato político de Lula.
En su sede cuelga una pintura gigante del mandatario, en un lugar marcado por los 580 días que pasó en prisión por causas de corrupción.
Wellington Damasceno, presidente del sindicato, dijo que Lula mantiene una relación «casi umbilical» con la organización. También recordó que el mandatario le pidió exigencia y cercanía en su gestión gremial.
Pero dentro de ese bastión ya no hay una identidad automática entre sindicato, trabajador y voto de izquierda. Damasceno admite que hay obreros bolsonaristas entre los afiliados. También señaló que muchos se declaran «apolíticos».
La elección llega en un Brasil transformado. La fuente cita un mercado laboral con más trabajo por cuenta propia y por plataformas digitales. Ese cambio erosiona la base histórica del sindicalismo.
Mauricio Santoro, politólogo de la UERJ, advirtió que la realidad del país hoy es distinta. Según él, la trayectoria obrera de Lula sigue siendo parte de su mística política. Pero la industria representa hoy apenas el 10% del PBI brasileño, frente al 30% de la época de sus grandes huelgas.
La encuesta de Quaest le da a Lula 39% de intención de voto y a Flavio Bolsonaro 34%. Damasceno calcula que, entre los metalúrgicos, «quizás un 65%» está más alineado con Lula. El propio dirigente, sin embargo, aclara que respaldar al sindicato no significa necesariamente respaldar al presidente.
La lectura de fondo es clara. El viejo andamiaje sindical sigue teniendo peso simbólico, pero ya no ordena por sí solo la política brasileña. Eso favorece a un país más fragmentado, más flexible y menos dependiente de la intermediación gremial. También obliga a Lula a defender su herencia obrera en un mercado que premia otras lealtades.
Para el votante, el dato central es otro. La estructura productiva cambió. Y con ella, cambió el poder de los sindicatos sobre el dinero, el trabajo y el voto.


