ESTADOS UNIDOS (Pulso) — Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) investigan cerca de 7,000 casos del parásito Cyclospora cayetanensis en Estados Unidos. La cifra supera los registros del mismo periodo del año anterior.
Desde el 1 de mayo, los CDC confirmaron 1,645 casos de ciclosporiasis. Otros 5,100 permanecen bajo análisis. El número real podría ser mayor: muchas infecciones no se diagnostican porque los síntomas se confunden con otras enfermedades gastrointestinales.
El estado más afectado es Michigan. Su Departamento de Salud reportó 3,762 casos y 44 hospitalizaciones.
El signo más característico es la diarrea acuosa intensa. También se reportan dolor abdominal, náuseas, fatiga, pérdida de apetito y, en algunos casos, fiebre baja. El periodo de incubación va de dos a catorce días.
El parásito no se transmite de persona a persona. Necesita días o semanas en el ambiente antes de volverse infeccioso. La vía de contagio es el consumo de alimentos o agua contaminados con residuos fecales.
El infectólogo Alejandro Macías advirtió que no es posible descartar la presencia del parásito en México, según declaraciones citadas por El Universal. El motivo: el intercambio comercial de productos agrícolas frescos entre ambos países.
Los CDC advierten que lavar los alimentos con agua no garantiza eliminar el parásito. Recomiendan retirar las capas externas de vegetales de hoja y cocinar los productos a más de 70 grados centígrados, temperatura que sí destruye la Cyclospora. El lavado de manos sigue siendo medida clave.
Las complicaciones son más frecuentes en adultos mayores, niños pequeños y personas con sistemas inmunológicos debilitados.
Lectura editorial. Un brote de esta magnitud expone una vulnerabilidad concreta: las cadenas de suministro agrícola transfronterizas. La libre circulación de alimentos frescos es motor de comercio legítimo; también es vector cuando los controles sanitarios fallan. Las autoridades mexicanas tienen hoy una señal de alerta temprana. Ignorarla sería negligencia. Actuar con transparencia y protocolos claros es lo mínimo que los ciudadanos —y los mercados— merecen.



