VENEZUELA (Pulso) — Confirmado. Luis Barragán publicó este domingo un texto de denuncia. Lo difundió La Patilla.
El argumento central es claro. Desde 2005, el Capitolio Federal fue cerrando sus calles con rejas. Esquinas, avenidas y pasos peatonales quedaron bloqueados. El tramo entre Monjas y San Francisco, cortado. El de Monjas a Padre Sierra, también. La avenida Universidad tiene hoy un canal «privativo y ocioso», según el documento.
Barragán recuerda que no siempre fue así. Antes, escolares y ciudadanos visitaban el recinto. La prensa cubría el lugar con libertad. Incluso en las décadas de los sesenta y setenta, con violencia abierta, nadie amuralló los edificios del Poder Público.
Ahora el panorama es distinto. Al enrejado se sumó presencia militar. Se añadieron servicios policiales ordinarios. Y, según Barragán, operaron «colectivos armados con sendas patentes de corso».
El texto menciona también la sede administrativa de Pajaritos. Ese espacio era, dice, «de antemano insuficiente» para las multitudes opositoras. Por eso las protestas migraron a las autopistas de entrada a Caracas.
La petición es concreta. Barragán pide que las fuerzas de seguridad despejen los espacios perimetrales. Pide devolver el libre tránsito. Acepta un mínimo de seguridad, pero señala que circunstancias peores se manejaron antes sin amurallar la ciudad.
Historiadores y cronistas citados en el texto coinciden. El brutalismo arquitectónico del Tribunal Supremo y el Teatro Teresa Carreño pierde toda vistosidad bajo las rejas actuales.
Lectura editorial. Lo que describe Barragán no es un detalle urbanístico. Es la apropiación física del espacio público por el aparato estatal. Cada reja es un mensaje: la casa del pueblo no es del pueblo. Restituir el libre tránsito no es un gesto menor. Es el primer paso para que exista, de nuevo, algo parecido a una república.


