ARGENTINA (Pulso) — Colanzulí, Salta. Las mujeres de la comunidad kolla del Valle de Colanzulí enfrentan una crisis hídrica que ya redefine su producción. Viven y trabajan a más de 4.000 metros de altura en la puna salteña.
Inocenta, una de las líderes, camina más de seis horas diarias. Su obligación básica: asegurar agua para el ganado. «Son tres horas y media caminando» desde Pueblo Viejo, según declaró.
La comunidad cultiva al menos seis variedades de oca —blanca, amarilla, rosada, morada, overa y colorada— y también papa lisa, papa andina, habas, arvejas y diversas verduras. Ese sistema depende de condiciones climáticas que, según las propias productoras, se modificaron.
«Las heladas son más tempranas y más largas», describió Inocenta. Las lluvias se volvieron irregulares. «Hay partes donde llueve muy poco y a veces pasan meses sin lluvia. Se volvió todo raro con el clima».
La respuesta productiva es concreta. «En la siembra, por falta de agua, sembramos menos», explicó. La comunidad ya construyó canales entubados entre montañas. El próximo paso, según Inocenta: implementar riego por goteo para nuevos cultivos.
Entre los objetivos figura un sello de origen para los papines andinos. La herramienta apuntaría a mejorar la cadena de valor y acercar más retorno a quienes producen.
El trabajo fue documentado por Infobae y la periodista Daniela Blanco, distinguidos con una beca del Pulitzer Center. El proyecto se desarrolló junto a Gabriela Oliván, fundadora de Women's International News Network (WINN).
Lectura de la casa. Lo que ocurre en Colanzulí ilustra un principio elemental: cuando el Estado no llega con infraestructura, la comunidad construye sus propios canales. La iniciativa privada —en este caso, productoras organizadas con saberes ancestrales— suple la ausencia burocrática. El sello de origen que buscan no es un subsidio: es una herramienta de mercado para que el valor llegue a quien trabaja la tierra. Eso merece atención, no solo cobertura.


