La escritora Soledad Morillo Belloso publicó este domingo un análisis en La Patilla. Su tesis central: una Venezuela débil e institucionalmentevaciada no beneficia a Washington. Lo endeuda políticamente.
Morillo Belloso recuerda el punto de partida. Venezuela fue, durante décadas, un proveedor confiable de petróleo. No generaba migraciones masivas. No complicaba rutas comerciales. No exigía intervenciones. «Funcionaba», escribe. Esa funcionalidad era lo opuesto a un «banana country».
La columnista define el modelo. Un «banana country» es un territorio cuya soberanía está condicionada. Sus instituciones son frágiles. Su economía se reduce a un modelo mínimo. La dependencia es permanente por diseño.
El argumento avanza en tres frentes. Primero, el económico: sin instituciones funcionales no se garantizan contratos ni inversiones. Solo llegan, según la autora, «capitales golondrinos que por diseño llegan y se van». Segundo, el geopolítico: un territorio inestable en el Caribe se convierte en foco de tensiones que Washington debe administrar. Tercero, el migratorio: la fragilidad empuja millones a moverse. Esos flujos presionan a Estados Unidos y sus aliados.
Morillo Belloso apunta también al costo reputacional. Cuando el «banana country» entra en crisis, la responsabilidad recae sobre quien lo controla. La narrativa de poder se erosiona. La influencia se cuestiona.
Su cierre es directo. «El señor Trump hará bien en reconsiderar a quién —o quiénes— le presta sus oídos», escribe según el documento.
Pulso Global subraya la paradoja que expone la autora. El control produce dependencia. La dependencia produce obligaciones. Una Venezuela frágil no es un activo estratégico: es una factura abierta para el contribuyente estadounidense. La historia del continente lo confirma. Los países estables, predecibles y con instituciones sólidas generan comercio, inversión y socios confiables. Los territorios vaciados generan intervenciones, rescates y costos sin fin. La lección no es nueva. Solo falta aplicarla.


