ARGENTINA (Pulso) — Buenos Aires — Confirmado. Javier Milei no estará en el MetLife Stadium el domingo.
El presidente argentino lo dijo en Radio El Observador de Buenos Aires. No viajará a Nueva Jersey. No verá la final junto a Donald Trump ni al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, como se esperaba.
«No way», respondió cuando le preguntaron.
La razón: superstición pura. Milei ha visto los siete partidos de Argentina desde la residencia de Olivos. Los siete terminaron en victoria. No cambiará la rutina.
Además de quedarse en casa, repetirá otra cábala. Usará la misma campera de una empresa petrolera que portó durante el torneo. Lo explicó sin rodeos: durante el partido ante Suiza sintió calor, se la sacó y Argentina recibió un gol. Se la volvió a poner y no se la quitó más.
La práctica tiene nombre en Argentina: «cábalas». Son rituales que los hinchas —y ahora el jefe de Estado— consideran determinantes para el resultado.
El fenómeno tiene antecedentes presidenciales. En el Mundial de 1990, el entonces presidente Carlos Menem visitó al plantel antes de la apertura. Argentina perdió ante Camerún. Menem quedó marcado como «mufa». Desde entonces, ningún presidente argentino en ejercicio es conocido por haber asistido a un partido del seleccionado.
Milei, fiel a esa tradición no escrita, prefiere el sillón de Olivos al palco de Nueva Jersey.
Lectura de la casa. El episodio revela algo más que folklore futbolero. Milei, el presidente que desafía convenciones económicas y políticas a diario, se rinde ante una tradición popular sin fisuras. Es, paradójicamente, su gesto más argentino. Y el más inteligente: si Argentina gana, el mérito es del equipo; si pierde, nadie podrá culparlo de haber roto la cábala.

