ARGENTINA (Pulso) — San Pablo / Buenos Aires. El presidente Javier Milei participó el sábado en la Convención Nacional del Partido Liberal (PL) de Brasil. Allí respaldó la candidatura presidencial de Flávio Bolsonaro para las elecciones del 4 de octubre.
Durante el discurso, Milei calificó al presidente Luiz Inácio Lula da Silva de «ladrón», «presidiario» y «totalitario». Al juez del Supremo Tribunal Federal Alexandre de Moraes lo llamó «la basura calva». El magistrado le había impedido visitar al ex presidente Jair Bolsonaro.
La reacción fue inmediata. El presidente del Partido de los Trabajadores, Edinho Silva, calificó los dichos de «inadmisibles». Integrantes del gabinete de Lula y el presidente del Supremo Tribunal Federal, Luiz Edson Fachin, sumaron cuestionamientos. Horas después, el canciller Mauro Vieira llamó a consultas al embajador brasileño en Buenos Aires, Julio Glinternick Bitelli.
Según fuentes oficiales confirmadas por Infobae, la medida respondió al malestar por las descalificaciones contra el jefe de Estado brasileño y un miembro del máximo tribunal.
Diego Guelar, ex embajador argentino en Brasil, Estados Unidos y China, calificó el episodio de evitable. «Fue innecesaria y va a tener un impacto negativo en la relación bilateral», afirmó en declaraciones a Infobae. Según Guelar, Milei confundió afinidad ideológica con la relación institucional entre dos países con más de dos siglos de historia compartida.
El diplomático descartó, sin embargo, represalias comerciales. «Con Brasil tenemos doscientos años de relación. Es nuestro principal socio comercial», señaló. Brasil concentra una parte sustancial de las exportaciones industriales argentinas, en especial del sector automotor.
En desarrollo.
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La postura de Milei tiene lógica política interna: el bolsonarismo es su aliado natural y la campaña brasileña ofrece una plataforma ideológica de alto voltaje. Pero el costo diplomático es real. Llamar «ladrón» a un jefe de Estado en ejercicio, en su propio territorio, no es línea editorial: es el hecho documentado. Que Brasil haya respondido con la herramienta más visible del protocolo diplomático —el retiro del embajador a consultas— muestra que el daño institucional supera la anécdota. El libre mercado y la integración productiva bilateral no se sostienen sin marcos jurídicos estables ni canales diplomáticos funcionales. Eso, más que el insulto en sí, es lo que está en juego.


