ARGENTINA (Pulso) — Confirmado. Javier Milei participó en el estadio Pacaembú de San Pablo en el acto de lanzamiento de la candidatura de Flavio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro.
Durante su discurso, Milei calificó al presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva de «corrupto y ladrón». Lo llamó también «presidiario». Al magistrado Alexandre de Moraes, del Superior Tribunal Federal, lo llamó «basura calva».
El contexto inmediato: Milei había intentado visitar a Jair Bolsonaro en prisión. Un juez del Superior Tribunal Federal impuso restricciones al exmandatario. Milei lo interpretó como una limitación personal.
Brasil respondió en dos pasos. Primero, el presidente del Superior Tribunal Federal rechazó el agravio contra la justicia local. Segundo, el canciller Mauro Vieira, por instrucción de Lula, llamó en consulta al embajador brasileño en Buenos Aires, Julio Bitelli. Según fuentes citadas por La Nación, ese es el paso previo formal a una ruptura de relaciones.
No es el primer precedente. Milei viajó a Madrid para apoyar a candidatos de Vox y calificó de corruptos al presidente Pedro Sánchez y su esposa. España retiró a su embajadora y no la hizo regresar. La sede diplomática española en Buenos Aires quedó vacante por un largo período.
Brasil, según el análisis de La Nación, no tiene intención de escalar el conflicto. La embajada en Buenos Aires es considerada la segunda sede más importante para Brasilia después de Washington. Tanto el canciller Vieira como el embajador Bitelli tienen larga trayectoria en Argentina.
En las encuestas citadas por La Nación, Lula encabeza la intención de voto con 48% frente a 43% de Flavio Bolsonaro.
Esto es lo que se sabe. La diplomacia de facciones tiene costos reales para los Estados. Milei apuesta al alineamiento ideológico global con la derecha occidental; Brasilia apuesta a la continuidad institucional del vínculo bilateral. El contribuyente argentino —y el brasileño— paga las consecuencias de una relación que hoy se gestiona desde el estadio, no desde la cancillería. La pregunta que queda abierta: ¿hasta dónde puede deteriorarse el vínculo con el principal socio comercial de Argentina sin que el daño económico supere al rédito político interno?


