Tras la primera vuelta electoral en Brasil, han circulado mapas sobre una supuesta nueva ola de derechización en América Latina.
Pero la columna plantea otra lectura. El oficialismo ha perdido en 27 de las últimas 33 elecciones en la región. Ese dato, sostiene, pesa más que una simple expansión ideológica.
La región entra al megaciclo electoral iniciado en 2022 con señales claras de hartazgo. En ese periodo, la izquierda ganó terreno en la denominada nueva marea rosa. Al mismo tiempo, han aparecido outsiders con discurso de mano dura y promesas de resultados.
La lista incluye a Bukele en El Salvador, Milei en Argentina y de la Espriella en Colombia. En Brasil, la referencia es Flávio Bolsonaro, que encarna el movimiento iniciado por su padre. La columna lo vincula con un discurso más recrudecido sobre seguridad.
Los datos citados por la autora refuerzan el descontento. El 73% de las personas entrevistadas por Latinobarómetro 2026 dijo que el Estado ha hecho poco o nada por ellos y sus familias en los últimos tres años. El 52% dijo que no le importaría un gobierno no democrático si resuelve los problemas.
Además, el 63% coincide en que un poco de mano dura no le viene mal a su país. La confianza en los partidos apenas roza el 15%, y el 76% no se siente representado por el Parlamento.
La columna remata con una advertencia útil para cualquier democracia. Cuando el aparato estatal no entrega resultados, el votante castiga. Pero la salida no debería ser entregar poder sin límites a quien promete soluciones rápidas.
Ahí está el dilema de fondo. El hartazgo abre la puerta al relevo, pero también al avance de proyectos con costo autoritario mayor. Para la región, el punto no es solo quién gana. Es qué poder recibe y a cambio de qué libertades.