Recordó a Levingston cuando supo de la propuesta de monseñor Marcelo Colombo. El arzobispo de Mendoza y presidente de la Conferencia Episcopal Argentina sugirió que el gobierno nacional junte a los expresidentes en el encuentro institucional previsto para la visita del papa León XIV a la Argentina.
La referencia histórica fue la convocatoria de Levingston en el verano de 1971. Aquella iniciativa buscó abrir un «diálogo político» para encauzar una salida institucional. No invitó a los partidos políticos tradicionales. Peronistas y radicales, impulsados por Ricardo Balbín, ya se habían reunido en Montevideo y Alvear junto con demócrata progresistas, socialistas y otras fuerzas en La Hora del Pueblo.
La convocatoria de Levingston terminó asociada a una incomprensión política. El texto la describe como una idea que creyó que los símbolos podían estar por encima de la esencia y remodelarla. También señala que no tuvo «logros verificables».
Arturo Illia rechazó asistir. Onganía también. El único ex presidente constitucional que concurrió fue Arturo Frondizi. La movida, además, sacó del ostracismo a Edelmiro J. Farrell y volvió visible a José María Guido.
El contraste con Estados Unidos aparece como argumento central. Allí, según el texto, los expresidentes suelen verse en ceremonias, funerales y actos institucionales. Joe Biden, George W. Bush, Bill Clinton y Barack Obama coincidieron en Chicago para la inauguración del Centro Obama. Un mes después volvieron a verse en la conmemoración del 20° aniversario de los atentados del 11S.
La lectura de fondo es clara. La institucionalidad vale cuando ordena la política real, no cuando la maquilla. En Argentina, el riesgo es volver a convertir un acto simbólico en sustituto de acuerdos efectivos.
La continuidad democrática no se fabrica con una foto. Se construye con reglas, partidos y alternancia aceptada. Cuando el aparato político apuesta a la escenografía, el costo lo paga la credibilidad pública.