ESTADOS UNIDOS (Pulso) — En 1998, cuatro camionetas negras del FBI entraron a San Nicolás Tolentino, México. Buscaban a un asesino en serie. El operativo terminó en confusión.
Los agentes preguntaron por Rafael Reséndiz. El hombre que salió pasaba los sesenta años. No era el objetivo.
El verdadero buscado era su sobrino: Ángel Leoncio Maturino Reséndiz. Desde niño prefería que lo llamaran Rafael. A los 12 años desapareció del pueblo y nunca volvió.
Su tío, don Rafael, lo describió así al FBI: «Era alegre como todos los niños. También juguetón». No podía creer los cargos.
Los agentes le confirmaron la realidad. Su sobrino figuraba entre los diez delincuentes más buscados de Estados Unidos. Se le atribuían más de quince muertes, todas cometidas cerca de vías de tren. Por eso lo apodaban «El Asesino de los Rieles» o «El Asesino del Ferrocarril».
El operativo fue un fiasco: no encontraron al sospechoso. Sí obtuvieron un dato clave: el verdadero nombre del fugitivo.
Según las fuentes, Reséndiz cruzó la frontera México-EE.UU. en múltiples ocasiones. Trabajó como recolector de naranjas en Florida, cosechador de tabaco en Kentucky, de lechuga en California y de espárragos en Washington. Entre tanto, acumuló al menos seis detenciones por ingreso ilegal, robo, armas y falsificación de documentos.
Don Rafael nunca supo más de su sobrino tras su desaparición. «Hasta mi madre, que ya es difunta, le ponía ofrenda cada año», relató al periodista Darío Dávila en 2006, cuando Ángel enfrentaba ejecución en una cárcel de Texas.
Confirmado. El caso ilustra una brecha real: un individuo con historial criminal extenso cruzó la frontera repetidamente antes de escalar a homicidios múltiples. Cada detención previa fue una oportunidad perdida. El costo lo pagaron las víctimas, no el aparato burocrático que lo dejó pasar.


