El despacho del ministro de Economía en Hipólito Yrigoyen 250 tiene fama de imponente. Según el análisis publicado por La Nación, es en realidad «un iter ad patibulum»: el camino hacia el patíbulo.
La pieza documenta las cadenas que inmovilizan a quien ocupe ese cargo. Primero, el prontuario histórico: nueve defaults, trece ceros suprimidos, dos hiperinflaciones y veinticuatro asistencias del FMI. Ese historial, según el texto, obliga a una «sobreactuación del equilibrio fiscal».
Los números del Estado que no ceden son concretos. Hay 10 millones de pasivos previsionales que representan el 60% del presupuesto. Los ferrocarriles tienen 26.000 empleados e ingresos que solo cubren el 10% de sus gastos. Las empresas públicas acumulan 1.100 millones de dólares anuales de déficit con 72.000 empleados. Los usuarios con subsidios de transporte en CABA y el Gran Buenos Aires —la mitad del total— pagan apenas el 32% del costo real.
El aparato legislativo también pesa. El Senado paga 5.000 sueldos; la Cámara de Diputados, 5.600, incluyendo 2.100 en imprenta y biblioteca. Las 23 provincias y la Ciudad de Buenos Aires sostienen legislaturas con 1.203 miembros. Hay dos millones y medio de empleados provinciales y medio millón de municipales. En algunas provincias, ese gasto representa el 90% del presupuesto local.
Mientras tanto, el gobierno actual registra avances según el mismo texto: cayó la inflación, rige el déficit cero, se redujo la pobreza y se eliminó la brecha cambiaria. Aun así, la demanda ciudadana más extendida sigue siendo «la plata no alcanza».
Más de 200.000 millones de dólares de argentinos permanecen fuera del sistema. Una fracción, señala el análisis, reactivaría la economía. Pero solo con señales políticas firmes crecerá la demanda de dinero.
Lectura de Pulso Global. El texto de La Nación confirma lo que el libre mercado señala hace décadas: el problema argentino no es el ministro de turno, sino el tamaño y el costo del Estado que ningún gobierno ha desmantelado en serio. La motosierra de Milei avanzó en el margen federal. El grueso del gasto —provincial, municipal, previsional, sindical— sigue intacto. Cada peso que el aparato estatal consume es un peso que el sector productivo no tiene. Esa es la ecuación que «la plata no alcanza» traduce en lenguaje cotidiano.


