COLOMBIA (Pulso) — Abelardo de la Espriella asumió la presidencia de Colombia el 7 de agosto de 2026. La ceremonia se celebró en Cali. Fue la primera posesión presidencial fuera de Bogotá en la historia reciente del país.
Más de mil invitados asistieron al acto. Entre ellos, el rey Felipe VI de España, presidentes sudamericanos y altos funcionarios estadounidenses. Más de 11.000 agentes de seguridad fueron desplegados.
La cobertura internacional fue inmediata y contundente. BBC tituló: «US offers $1bn to Colombia on new right-wing president's first day of office». The Guardian y CBS News confirmaron el mismo dato: 1.000 millones de dólares en ayuda de seguridad comprometidos por Washington.
The New York Times enfatizó el fortalecimiento de la alianza militar bilateral. France 24 destacó el respaldo explícito de Trump al nuevo mandatario. Fox News lo llamó «El Tigre» y enmarcó la investidura en el giro conservador continental.
ABC News subrayó el cambio en política energética. Según la cadena, De la Espriella respaldó públicamente el desarrollo del sector petrolero y gasífero como motor económico. Ruptura directa con la agenda del gobierno saliente.
En su discurso inaugural, según las fuentes, el presidente anunció el fin de los diálogos de paz y la adhesión de Colombia al programa «Shield of the Americas», coalición regional contra el crimen organizado respaldada por EE.UU. También anunció la ruptura con los gobiernos de Cuba y Nicaragua.
De la Espriella prometió «derrotar al narcoterrorismo» y aplicar mano dura contra los grupos armados ilegales.
Lectura de Pulso Global. Lo que el mundo vio el 7 de agosto fue un reordenamiento estratégico. Colombia sale del experimento populista y regresa al eje del orden, la inversión y la cooperación con democracias de mercado. El paquete de 1.000 millones de dólares no es caridad: es la señal de que la libre empresa y la seguridad jurídica tienen precio en el mercado geopolítico, y ese precio lo paga quien gobierna con seriedad. El giro energético, el fin de los diálogos con grupos armados y la alineación con Washington dibujan un país que elige resultados sobre ideología. El continente toma nota.


