COLOMBIA (Pulso) — Confirmado. Abelardo de la Espriella recibió la banda presidencial de manos del presidente del Senado, Honorio Henríquez, en la Universidad Santiago de Cali. Minutos después se trasladó al Batallón Pichincha.
El batallón sufrió un atentado terrorista en abril de este año. Varios militares resultaron heridos. El gesto fue deliberado: De la Espriella quiso hablarle al país rodeado de uniformados.
El discurso duró una hora y diecisiete minutos. Dos mensajes dominaron: gobernar para todos los colombianos y entregar el poder en cuatro años, «porque son suficientes para cumplir el plan de gobierno».
Sobre seguridad fue directo. «La opción del diálogo está completamente agotada», dijo. Anunció que en las próximas horas su gobierno publicará el listado de grupos narcoterroristas. Los criminales tendrán dos caminos: «someterse al imperio de la ley o enfrentar la fuerza decidida del Estado colombiano y su Fuerza Pública».
En economía prometió una reforma tributaria estructural. El impuesto al patrimonio será eliminado. «Debemos dejar de castigar a quienes invierten y generan riqueza en nuestra patria», afirmó. También ratificó su promesa de campaña de eliminar el impuesto a la renta.
Descartó cualquier asamblea constituyente, a diferencia de su antecesor Gustavo Petro. Prometió respetar la independencia del Banco de la República.
Rindió homenaje a Miguel Uribe Turbay, asesinado durante la campaña electoral. Lo llamó «mártir». También recordó a Álvaro Gómez Hurtado, asesinado en noviembre de 1995.
Es la primera vez en la historia de Colombia que un presidente pronuncia su discurso de posesión desde un batallón militar.
Lectura editorial. El arranque de De la Espriella es el de un mandatario que entiende el mensaje del electorado: Colombia votó contra la impunidad y contra cuatro años de «paz total» que fortaleció a los grupos armados. Eliminar el impuesto al patrimonio y reformar el sistema tributario son señales concretas para la inversión privada, el motor real del empleo. El reloj ya corre: cuatro años, sin atajos constituyentes, para demostrar que el orden y el libre mercado producen más prosperidad que el estatismo.


