COLOMBIA (Pulso) — Confirmado. El presidente electo de Colombia, Abelardo de la Espriella, anunció este jueves la apertura de una embajada colombiana en Jerusalén. La medida forma parte de una hoja de ruta acordada el miércoles en Washington.
El canciller designado Omar Bula Escobar se reunió con el ministro de Exteriores israelí, Gideon Sa'ar. Acordaron el restablecimiento «pleno e inmediato» de relaciones diplomáticas y económicas a partir del 7 de agosto.
La hoja de ruta incluye cuatro puntos concretos. Primero: intercambio inmediato de embajadores. Segundo: eliminación recíproca del requisito de visa. Tercero: apertura de la embajada en Jerusalén, con apoyo del Ministerio israelí. Cuarto: retiro de la intervención colombiana en el caso que Sudáfrica presentó contra Israel ante la Corte Internacional de Justicia.
Antes de la ruptura, Israel cooperaba con Colombia en seguridad, tecnología y defensa. También compraba carbón colombiano. Petro suspendió esas exportaciones tras romper relaciones el 1 de mayo de 2024.
Sa'ar respondió en X: «Colombia fue una de las grandes amigas de Israel, y esa amistad volverá a ser, más fuerte que nunca», según el comunicado oficial citado por El Colombiano.
Las reacciones no tardaron. Petro calificó el traslado de la embajada como «una grosería máxima a todos los pueblos islámicos del mundo». La Organización para la Cooperación Islámica, integrada por 57 Estados miembros, rechazó la medida. Según su comunicado, la decisión representa «un lamentable alejamiento de las posiciones históricas» de Colombia y podría «perjudicar las relaciones e intereses comunes» con sus miembros.
De la Espriella emula así la decisión adoptada en 2018 por el presidente Donald Trump, quien también trasladó la embajada estadounidense a Jerusalén.
Esto es lo que se sabe.
El giro es total. Petro usó el aparato estatal para aislar a Colombia de uno de sus aliados históricos en seguridad e inteligencia. De la Espriella restaura esa alianza antes de pisar el Palacio de Nariño. Colombia recupera cooperación militar, acceso tecnológico y credibilidad como socio confiable. El costo de cuatro años de diplomacia ideológica lo pagó la libre empresa colombiana: exportaciones suspendidas, contratos rotos, relaciones por reconstruir. El mercado y el orden vuelven al centro de la política exterior.


