CUBA (Pulso) — La Habana enfrenta una grieta inesperada. No viene de Miami ni de Washington. Viene de adentro.
El paquete de 176 medidas para liberalizar y descentralizar la economía cubana generó rechazo en colectivos militantes, medios alternativos de izquierda y redes sociales de la isla. El descontento creció en las últimas semanas, según fuentes citadas por EFE.
El medio digital cubano Punto y Aparte publicó un editorial que denuncia que algunas reformas «implican el retorno del país hacia un régimen capitalista puro y duro». El texto califica las medidas de «acto de rendición de la Revolución Cubana frente a los intereses de la nueva burguesía del país y del capital financiero internacional».
Un informe interno de militantes del Partido Comunista de Cuba —al que EFE tuvo acceso— afirma que algunas medidas «rebasan ampliamente lo que históricamente se fijó como admisible». El documento exige debate abierto en las comunidades.
El segundo frente de tensión es Raúl Guillermo Rodríguez Castro. El nieto y guardaespaldas del expresidente Raúl Castro opera como referente cubano en los contactos con Estados Unidos, sin cargo formal alguno.
El periodista Michel Torres, de la televisión estatal cubana, publicó una columna crítica en el medio uruguayo Mate Amargo. Según el texto, Rodríguez Castro «usurpa las funciones del Gobierno» y asume «un rol público» para el que no fue elegido. Torres calificó su figura como «fruto del nepotismo».
En declaraciones a EFE, Torres reconoció posturas «muy heterogéneas» en la isla, pero advirtió que la unidad debe ser «monolítica», porque «el enemigo está en Miami, en Washington».
El Gobierno cubano calificó las reformas de «urgentes y necesarias» y negó que abran las puertas al capitalismo. La Asamblea Nacional del Poder Popular inició sesión este miércoles para estudiar los cambios, incluida la eliminación de varios ministerios.
Lectura editorial. Lo que ocurre en La Habana es revelador: un régimen que durante décadas suprimió el mercado ahora intenta salvarse con dosis de libre empresa, y su propia base ideológica lo rechaza. La ironía es mayúscula. Mientras el aparato estatal cubano acumula décadas de fracasos, sus críticos internos exigen más socialismo, no menos. El surgimiento de un heredero dinástico sin cargo como operador diplomático confirma que el poder en Cuba sigue siendo patrimonio familiar, no institucional. Eso no es una revolución. Es una corte.


