CUBA (Pulso) — La Habana. Confirmado.
La Unión Eléctrica (UNE) proyectó para este sábado una afectación simultánea de hasta 2.160 MW. Eso equivale al 67,5% de la isla sin suministro en el horario pico.
La capacidad de generación disponible: apenas 1.070 megavatios. La demanda máxima estimada: 3.200 MW. El déficit es de más del doble de lo que el sistema puede producir.
Once de las 16 unidades termoeléctricas están fuera de operación. Otras 106 centrales de generación distribuida permanecen paradas por falta de combustible diésel y fueloil importados, según la UNE.
En La Habana los cortes llegan habitualmente a entre 22 y 23 horas diarias. En provincias, las interrupciones se extienden varios días consecutivos.
Durante julio, el sistema sufrió tres colapsos totales —los días 6, 10 y 14— que dejaron sin servicio a cerca de 9,6 millones de personas en cada episodio.
Expertos independientes estiman que restaurar el Sistema Electroenergético Nacional requeriría entre 8.000 y 10.000 millones de dólares. La generación termoeléctrica, que aporta cerca del 40% de la energía del país, acumula años sin inversión.
Las proyecciones sitúan la contracción económica cubana en al menos 6,5% para 2026, tras una caída acumulada superior al 15% en los cinco años anteriores.
Esto es lo que se sabe.
Lo que revela esta crisis va más allá de las averías técnicas. Décadas de economía estatal centralizada, sin inversión privada ni competencia, produjeron una infraestructura agotada que ningún parche puede sostener. El aparato estatal cubano no falló por falta de recursos naturales: falló por diseño. Mientras Pekín financia paneles solares y el régimen administra la escasez, son los ciudadanos quienes pagan la factura —en oscuridad, en producción perdida y en éxodo masivo. La única salida estructural que los datos sugieren es la que el modelo castrista hace décadas prohíbe: la libre empresa y la inversión privada en energía.


