CUBA (Pulso) — El primer ministro cubano Manuel Marrero Cruz confirmó este jueves que autoridades de la isla sostienen conversaciones con representantes del Gobierno de Estados Unidos.
El objetivo declarado: «buscar soluciones, por la vía del diálogo, a las diferencias bilaterales», según sus palabras en redes sociales.
Marrero describió el proceso como «muy sensible». Afirmó que el equipo negociador «cuenta con la confianza, el apoyo y el mandato» de Miguel Díaz-Canel, a quien identificó como «general de Ejército y primer secretario del Comité Central del Partido y presidente de la República».
La Casa Blanca no se ha pronunciado sobre los contactos.
Marrero también lanzó una advertencia interna. Dijo que «los asesinatos de reputación, las manipulaciones y los llamamientos a la desunión y la fractura responden a un plan bien diseñado para generar incertidumbre y desconfianza».
El contexto es de presión creciente. A mediados de junio, el Ejecutivo cubano anunció reformas estructurales para liberalizar la economía. El modelo citado: China y Vietnam. El motivo declarado: contrarrestar el impacto de las sanciones económicas y energéticas de la Administración de Donald Trump.
Esta misma semana, Cuba y Estados Unidos protagonizaron un enfrentamiento en la Asamblea General de la ONU. La sesión, convocada a petición de La Habana, llevó por título «Necesidad de poner fin al bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por Estados Unidos contra Cuba». El régimen volvió a acusar a Washington de perpetrar un «castigo colectivo» contra la isla.
Lectura editorial. Que La Habana hable y Washington calle es una asimetría que favorece al régimen: el aparato castrista obtiene legitimidad doméstica sin conceder nada verificable. La «sensibilidad» del proceso sirve además para blindar cualquier concesión de escrutinio público. Mientras el pueblo cubano soporta el costo real de décadas de economía dirigida, la nomenclatura negocia su supervivencia en nombre de la soberanía.


