CHILE (Pulso) — Confirmado. El embajador de Estados Unidos en Chile, Brandon Judd, generó revuelo en La Moneda por declaraciones sobre el Estrecho de Magallanes.
Según el medio local La Tercera, Judd dijo que el apoyo de EE.UU. «a la soberanía» sobre el paso marítimo estaría supeditado a la predisposición chilena a trabajar en asuntos relevantes para los intereses norteamericanos.
«Si quieren los recursos que tenemos para combatir el crimen organizado y quieren un país que les ayude a proteger sus derechos sobre el Estrecho de Magallanes, entonces van a tener que trabajar en las cosas que también son importantes para nosotros», sostuvo durante el Día del Comercio Global 2026.
Después añadió que la cooperación ayudaría a combatir el crimen organizado. También dijo que Chile debía trabajar con Washington en lo que Estados Unidos considera su interés nacional.
La respuesta vino del canciller Francisco Pérez Mackenna, quien dijo que Chile no requiere respaldo extranjero para «defender la soberanía». Afirmó además que el Estrecho de Magallanes «fue, es y será siempre chileno».
El Senado de Chile también rechazó los dichos. En su comunicado sostuvo que Chile no requiere condicionamientos ni autorizaciones externas para defender lo que le pertenece.
Judd luego dijo que sus palabras fueron «sacadas de contexto». Aseguró que en ningún momento condicionó la soberanía chilena. También afirmó que su presentación fue un respaldo a la relación bilateral.
La polémica deja una señal clara. Cuando una potencia mezcla cooperación con exigencias políticas, la soberanía deja de ser un principio abstracto y pasa a ser una línea roja.
Para América Latina, el episodio recuerda algo básico. La colaboración internacional sirve cuando respeta la independencia de cada Estado. Cuando la reemplaza, aparece la presión diplomática y crece el costo para los gobiernos que deben defender sus propios intereses.