VENEZUELA (Pulso) — Dos semanas después del doble terremoto del 24 de junio, Venezuela enfrenta una segunda emergencia. Esta vez, sanitaria.
Los sismos de magnitud 7,2 y 7,5 dejaron más de 4.300 muertos y 16.740 heridos, según el balance oficial. Cerca de 19.000 personas viven hacinadas en carpas levantadas en estadios, parques y aceras de La Guaira, estado vecino de Caracas y epicentro del desastre.
Hospitales de campaña de México, Estados Unidos, Brasil y España operan ahora en la zona. Su misión ya no es solo atender fracturas y traumatismos. La segunda fase apunta a enfermedades respiratorias, gastrointestinales y psicológicas generadas por el hacinamiento.
El hospital Samaritan's Purse —56 camas, UCI, dos quirófanos y laboratorio— funciona en las inmediaciones del aeropuerto de Maiquetía. Llegó a atender 160 pacientes en un día. Ahora recibe cerca de cien. «Llegan pacientes crónicos que por no tener sus medicamentos sufren algún tipo de insuficiencia», dijo Paula Melo, directora médica del centro, según la AFP.
La Marina de Brasil mantiene otro hospital en La Guaira con pediatría, ortopedia, ultrasonido y pruebas rápidas epidemiológicas. «Hemos traído muchos medicamentos de Brasil», afirmó Leonel Marcano, comandante de la misión.
España instaló un hospital en el Parque del Este de Caracas. México, a través de la ONG Medical Impact, trabaja en los refugios. «Hemos encontrado muchísimas enfermedades respiratorias», señaló Arelis Pérez, directora médica de la organización.
Los terremotos dañaron cerca de 900 edificios y derrumbaron 190 por completo, según el informe oficial.
El cuadro es revelador. El aparato estatal de salud llegó al desastre ya colapsado. Un vecino, Darwin López, llevó a su hijo al hospital de Pariata y lo enviaron al campo internacional porque el público «está colapsado». La solidaridad extranjera cubre lo que el Estado venezolano no puede garantizar.
Eso tiene nombre: décadas de desinversión y control político del sistema sanitario. La ayuda internacional —buena parte de ella impulsada por organizaciones privadas y gobiernos de libre mercado— demuestra que la cooperación real llega cuando el Estado retrocede y la iniciativa privada y civil avanza.


