ARGENTINA (Pulso) — NUEVA JERSEY — España levantó la copa. Argentina se fue sin título.
Pero los cerca de 30.000 hinchas argentinos presentes en el MetLife no se movieron. Siguieron alentando mientras los españoles recibían las medallas de manos de Donald Trump.
Messi los miraba. Se le caían las lágrimas.
El estadio tuvo más de 80.000 espectadores en la gran final. La cabecera argentina fue, una vez más, local.
«Lástima por Leo, hubiéramos querido que se despidiera con otra copa del mundo, pero bueno, ya nos dio demasiado.» Así lo resumieron Raúl y Matías, padre e hijo llegados desde Olivos.
La caravana arrancó en Kansas City. Siguió por Dallas, Miami, Atlanta y Nueva Jersey. Vuelos cancelados, viajes de doce horas por autopista, entradas escasas y precios por las nubes. Nada detuvo a la hinchada celeste y blanca.
El sábado previo, miles de argentinos tomaron Times Square durante más de cuatro horas. La policía debió vallar los accesos. El carnaval celeste y blanco desbordó la esquina más emblemática de Nueva York.
La semifinal ante Inglaterra en Atlanta quedó como el partido de mayor épica del torneo para la selección. Los jugadores saltaron cerca de media hora con la hinchada. Desplegaron una bandera sobre Malvinas en el área grande.
El DT Lionel Scaloni fue el único que habló al cierre: «Agradecimiento a ellos. Si hubo un momento que creíamos es porque la gente nos llevó hasta ese momento. Así que les agradecemos de por vida, ha sido espectacular».
Hasta Bangladesh, según la fuente, se sumó a esta hinchada por elección.
Lectura editorial. Argentina no revalidó Qatar. Pero demostró algo que ningún título otorga: una cultura de hinchada sin parangón, construida con esfuerzo privado y pasión genuina, no con subsidios ni aparato estatal. Esa es la exportación más valiosa del fútbol argentino. El llanto de Messi frente a su gente lo confirma.


