Hace exactamente doscientos cincuenta años se firmó la Declaración de Independencia de Estados Unidos. El documento afirmaba que la vida, la libertad y la propiedad son derechos inherentes, no concesiones del poder.
Eso es lo que sostiene Juan Gabriel Flores en Derecha Diario. Su argumento central: el éxito estadounidense no vino de sus recursos ni de sus gobernantes, sino de instituciones diseñadas para desconfiar del poder y someterlo al imperio de la ley.
Flores cita a Murray Rothbard: los revolucionarios norteamericanos «jamás separaban la libertad de la propiedad porque entendían que ambas eran expresiones de un mismo principio moral». Quien no conserva el fruto de su trabajo no es verdaderamente libre.
La Argentina, según el autor, nació en esa misma tradición. Alberdi concibió la Constitución no para organizar la vida de los ciudadanos, sino para impedir que los gobernantes lo hicieran. Durante décadas el país fue destino de inmigrantes precisamente por esa libertad para trabajar, comerciar y prosperar.
El siglo XX invirtió esa lógica, dice Flores. Cada crisis justificó una regulación adicional, un impuesto más alto o un ministerio nuevo. El kirchnerismo, señala, llevó esa concepción a su máxima expresión: distribución antes de creación, inflación ocultada con controles, voluntad de funcionarios por encima de millones de decisiones individuales.
Flores cita también a Jesús Huerta de Soto: el problema del socialismo no es solo moral, sino intelectual. Ningún gobierno dispone del conocimiento disperso entre millones de individuos.
Desde ahí lee el proceso de Javier Milei: el equilibrio fiscal, la desregulación y la reducción del gasto público responden a una idea anterior, devolver a la sociedad el espacio que el Estado ocupó durante décadas.
Lectura editorial. El argumento de Flores no es nostálgico: es estructural. Las naciones no prosperan cuando el Estado hace más cosas, sino cuando aprende cuáles nunca debió hacer. El kirchnerismo construyó un sistema de dependencias sobre el gasto público; Milei lo desmonta. Ese es el verdadero eje de la disputa argentina, no el ajuste contable, sino el principio de que el poder político debe estar subordinado al individuo y no al revés. El aniversario de 1776 llega con ese debate plenamente abierto en Buenos Aires.


