Confirmado. David Smilde lleva más de dos décadas estudiando Venezuela.
Su lectura es directa. El chavismo no solo destruyó instituciones y empobreció la economía. También cambió la forma en que millones se relacionaron con el Estado, el poder y la autoridad.
Según Smilde, el aparato estatal decidió quién recibía una casa, un empleo, un contrato, un permiso o una ayuda. Premió la lealtad. Castigó la disidencia. Y convirtió la relación con el poder en una cuestión de supervivencia.
El sociólogo también pone el foco en la violencia política. Dice que grupos armados actuaron en comunidades y que la persecución llegó a los barrios. En ese entorno, el miedo se volvió una herramienta de control.
Smilde rechaza una idea fija sobre el «carácter venezolano». Afirma que los venezolanos no cambiaron. Se adaptaron al chavismo. Unos protestaron, otros emigraron, otros se organizaron para sobrevivir y otros resistieron dentro del sistema.
Para él, la reconciliación es posible. Pero no ocurrirá sola. Dice que hace falta una estructura de justicia transicional, una comisión de verdad y procesos públicos de recuperación de testimonios.
También sostiene que eso puede ser más importante que los juicios. Según Smilde, la prioridad es aclarar quién hizo qué. Y evitar que personas con incidencias violentas terminen integrándose al crimen organizado.
La lectura de fondo es incómoda para cualquier proyecto de poder concentrado. Cuando el Estado reparte favores, castiga la disidencia y normaliza el miedo, la libertad se encoge.
Y cuando la política sustituye a las reglas, el costo lo pagan los ciudadanos. Lo pagan en derechos, en movilidad y en confianza. Recuperar instituciones no será un gesto simbólico. Será la condición para que la sociedad deje de vivir pendiente del aparato estatal.