Confirmado. La IA generativa ya toca el empleo argentino. Pero lo hace en una economía que llega tarde y con poco capital invertido.
La NACION cuenta que un estudio de Guillermo Cruces, Ramiro Galvez y un equipo de investigadores analizó a 1174 adultos de nivel educativo similar. Todos resolvieron la misma tarea de negocios. Una parte recibió un asistente de GPT.
Sin IA, los participantes sacaban una ventaja de 0,55 desvíos estándar. Con IA, esa distancia cayó a 0,14. Cruces resumió el hallazgo en una frase clave: «Un 75% de la brecha se cerró con la ayuda de la IA».
Pero el propio investigador matizó el alcance. «Esto sucedió cuando la IA estaba en la cancha», dijo. «Al retirar el asistente virtual la brecha volvió a ser importante». La conclusión, agregó, es menos espectacular que una democratización plena del talento.
El panorama regional también muestra una oportunidad. Tomás Castagnino advirtió que la Argentina capta «sólo el 2% de las inversiones regionales vinculadas a IAG», aunque su PBI es del 10%.
Ramiro Albrieu aportó otra clave. Dijo que la IA puede ser igualadora en el mercado laboral local por la polifuncionalidad. «Acá somos todos un poco toderos», señaló.
Esa combinación explica parte del cuadro. La tecnología puede elevar productividad. Pero también deja al descubierto un problema de fondo: la falta de inversión, de adopción y de escala.
Para el sector privado, el mensaje es claro. La IA puede achicar brechas y ordenar tareas. Para el país, el desafío es mayor: no quedarse otra vez mirando cómo pasa el tren.
El debate no es sólo tecnológico. Es económico. Y termina en la misma pregunta de siempre: quién captura la ganancia de productividad. Si el aparato estatal y la burocracia no acompañan con reglas previsibles, la ventaja volverá a irse afuera.



