CHILE (Pulso) — Después de dejar abierta la posibilidad de una tercera candidatura, Michelle Bachelet recibió un comentario del diputado Javier Olivares.
Olivares le sugirió seguir los pasos de Evelyn Matthei y dedicarse a hacer «unas buenas cazuelas».
Matthei respondió que en Chile «el tiempo donde mandaban a las mujeres a la cocina ya pasó».
La reacción también llegó desde el gobierno. La ministra de la Mujer, Judith Marín, condenó los dichos de Olivares.
Él respondió que no le debe disculpas a nadie. También dijo que no caerá «en el juego de la victimización».
Además, le recomendó a Marín preocuparse de Prodemu «antes de que cerremos su ministerio».
La polémica se instaló en medio de una discusión más amplia sobre mujeres, poder y machismo.
La fuente plantea que mandar a una expresidenta a la cocina no es un chiste inocente. También sostiene que ese tipo de frases devuelve a las mujeres a un lugar histórico que muchos quieren mantenerles.
En ese marco, el caso exhibe un problema de fondo. La política sigue tolerando guiños que no se aceptarían con la misma facilidad contra un hombre.
Para el lector, el punto es claro. Cuando el debate baja al comentario doméstico, pierde la discusión institucional y gana la burla. Eso empobrece la vida pública y degrada el trato entre adversarios.
El respeto no es un adorno. Es una condición básica para una competencia política seria y para un país que pretenda discutir ideas, no estereotipos.