BRASIL (Pulso) — Confirmado. Flávio Bolsonaro obtuvo 47,03% de los votos válidos. Lula alcanzó 45,16%. Ambos volverán a medirse en el balotaje del 25 de octubre.
La última encuesta de Datafolha había anticipado una diferencia estrecha. Otros sondeos marcaron la misma tendencia, aunque con números distintos. Tras el resultado, Lula admitió que «fue inesperado». Flávio dijo que llega con el «fin de la era del PT» como consigna.
Jair Bolsonaro lo eligió como candidato del Partido Liberal en una carta publicada por Navidad. Desde una celda de la Policía Federal en Brasilia, el expresidente escribió que entregaba «lo más importante en la vida de un padre», su propio hijo, «para rescatar a nuestro Brasil».
El apellido pesa. Jair Bolsonaro llama a sus hijos según el orden de nacimiento. Flávio es «Cero Uno». Carlos es «Cero Dos». Eduardo es «Cero Tres». Jair Renan es «Cero Cuatro».
En la misma jornada electoral, el clan amplió su presencia en el Congreso. Carlos fue electo senador por Santa Catarina. Jair Renan fue electo diputado federal por Santa Catarina. Michelle quedó como senadora por Brasilia. Renato, hermano del expresidente, quedó como diputado por Sao Paulo.
Flávio estudió Derecho en la Universidad Cândido Mendes. A los 21 años fue elegido diputado de la Asamblea Legislativa de Río de Janeiro. Cumplió cuatro mandatos allí. A los 37 llegó al Senado.
Su historial en Río arrastra controversias. En 2005 entregó la Medalla Tiradentes a Adriano Magalhães da Nóbrega, luego señalado como líder de la Oficina del Crimen. También defendió legalizar a las milicias que controlan zonas de Río de Janeiro.
En esa etapa fue acusado de participar en la «rachadinha». La investigación quedó archivada.
La lectura política es clara. El proyecto Bolsonaro sigue vivo como estructura de poder familiar. Y sigue apostando por una salida de amnistía que beneficie al expresidente condenado. Para sus críticos, eso erosiona el principio básico de igualdad ante la ley.
Para el electorado que privilegia orden, continuidad y freno al PT, la apuesta ofrece una ruta conocida. El costo institucional, sin embargo, queda a la vista: un país que vuelve a votar bajo la sombra de una dinastía y de una condena por golpe de Estado.