El reporte del INEGI confirmó un nuevo tropiezo de la industria automotriz mexicana. En septiembre, la exportación de vehículos ligeros cayó 11.9 por ciento anual, a 277 mil 369 unidades. La producción retrocedió 15.1 por ciento.
Fue la tercera caída consecutiva de los envíos al exterior. También fue el peor septiembre desde 2022. De enero a septiembre, las exportaciones sumaron 2 millones 528 mil unidades, 1.5 por ciento menos que hace un año. Estados Unidos concentró 76.4 por ciento de esos envíos.
La comparación con otros países deja el problema en evidencia. Japón, Corea del Sur, la Unión Europea y Reino Unido enfrentan tasas menores en el mercado estadounidense. México sigue con 25 por ciento sobre el contenido no estadounidense de cada vehículo. Si no cumple las reglas del T-MEC, paga 27.5 por ciento.
El contraste importa para la libre empresa y para el dinero de los contribuyentes. El único proveedor obligado a comprar insumos norteamericanos es el que paga más. Eso altera incentivos, castiga la integración regional y pone presión sobre la capacidad instalada en México.
En julio, Estados Unidos importó más automóviles de Japón y de Corea que de México. Las señales por empresa también son claras. Mercedes-Benz no produjo ni exportó una sola unidad en septiembre. Nissan exporta 29.5 por ciento menos en el año. General Motors anunció en 2025 un plan de 4 mil millones de dólares para trasladar parte de su producción a Estados Unidos.
La Secretaría de Economía pidió una tasa de, cuando mucho, 15 por ciento. La AMIA propone una fórmula que dejaría el arancel efectivo entre 4 y 5 por ciento. La cuarta ronda de conversaciones comerciales con Estados Unidos se espera para este mes.
Si Washington dice querer fortalecer su manufactura, debería premiar a quien más le compra. Mantener el castigo actual sólo favorece a competidores y debilita a México. El reloj ya corre para los modelos de 2027 y 2028.



